El yo como relato: identidad, cambio y la dificultad de no creernos del todo




                               

Hay frases que usamos para definirnos que suenan a identidad, pero funcionan más bien como una sentencia.

“Yo soy así.”

“Siempre he sido de esta manera.”

“Esto no es lo mío.”

“No sirvo para eso.”

“Yo no puedo.”

A veces las decimos con seguridad, incluso con cierto orgullo, como si hablaran de un conocimiento profundo de nosotros mismos. Otras veces aparecen cargadas de resignación, como si describieran un límite imposible de mover. Pero dichas de este modo, casi siempre producen el mismo efecto: reducen el campo de lo posible antes de que tengamos ocasión de explorarlo.

Eso que estamos afirmando es nuestro autoconcepto: la historia que sostenemos sobre quién somos. Una historia hecha de muchas piezas pequeñas y cotidianas. Lo que creemos que se nos da bien o mal. Lo que nos gusta y lo que evitamos. Lo que sentimos como propio. Lo que pensamos que necesitamos para estar bien. Es una narrativa necesaria: nos da coherencia, continuidad, una sensación de identidad. Sin algún tipo de “yo”, la experiencia sería demasiado fragmentada.

El problema no es tener un autoconcepto. El problema empieza cuando confundimos esa narración con la realidad. Cuando dejamos de usarla como una referencia flexible y empezamos a vivirla como una verdad cerrada. En ese momento, el mapa deja de orientarnos y se convierte en un muro.

La vida, de hecho, rara vez confirma que “seamos” una cosa fija. Lo que suele mostrar es algo mucho más inestable y, a la vez, más humano: que cambiamos. Cambiamos con la experiencia, con los vínculos, con las pérdidas, con las decisiones que tomamos y con las que evitamos. Y también cambiamos según nuestro estado emocional. Cuando estamos tristes, es fácil percibirnos menos capaces. Cuando aparece el miedo, el mundo se estrecha y nuestras opciones parecen reducirse. Cuando estamos en calma o nos sentimos acompañados, aparecen recursos que antes no veíamos. El “yo” no es una estatua: es un sistema vivo, sensible a lo que le ocurre.

Quizá por eso muchas personas se describen a sí mismas como contradictorias. Quieren algo y, al mismo tiempo, lo evitan. Se sienten atraídas por una vida más valiente, pero buscan seguridad. Desean cambio, pero se aferran a lo conocido. En ese vaivén suele aparecer la confusión o la culpa: “¿qué me pasa?, ¿por qué no me aclaro?, ¿por qué hago lo contrario de lo que quiero?”

A veces no es que no te aclares. A veces es que hay dos necesidades legítimas operando a la vez. Una parte de ti busca expansión, sentido, apertura. Otra parte busca protección, control, previsibilidad. Una empuja hacia fuera —actividad, ruido, distracción— y otra pide ir hacia dentro —pausa, silencio, contacto con lo que se siente—. No es incoherencia. Es la forma en que funciona una mente humana tratando de cuidarse.

En este punto puede ser interesante detenerse y plantearse la siguiente pregunta: ¿cuánto de lo que eres lo elegiste conscientemente?

¿En qué momento decidiste que te gustaran ciertas cosas y no otras? ¿Cuándo elegiste reaccionar de una determinada manera ante la inseguridad, el rechazo o el miedo?



No se trata de negar la responsabilidad personal ni la capacidad de decidir. Se trata de reconocer algo más sutil: una parte importante de nuestra vida psíquica ocurre antes de la voluntad. Primero aparece la respuesta —agrado, miedo, impulso, rechazo— y después la mente construye una explicación, una etiqueta, una historia que dice: “yo soy así”, “esto va conmigo”, “esto no”. El relato llega un poco más tarde.

Cuando empezamos a ver este proceso, el autoconcepto se afloja. No porque desaparezca, sino porque deja de estar tan rígido. Ya no necesitamos romper nuestra identidad ni reinventarnos. Basta con dejar de tomar cada pensamiento sobre nosotros mismos como una verdad definitiva.

Un gesto pequeño puede ayudar mucho en este sentido: empezar a escuchar los “yo soy” como pensamientos, no como decretos. La próxima vez que aparezca un “soy tímido”, “no puedo”, “siempre lo hago mal”, prueba a añadir mentalmente una frase delante:

“Estoy teniendo el pensamiento de que…”

Esa frase no elimina la dificultad ni borra el miedo. Tampoco invalida tu historia personal. Pero introduce algo esencial: distancia. Y en esa distancia —a veces mínima, casi imperceptible— empieza a aparecer la posibilidad de relacionarte contigo de otra manera, con algo más de amabilidad y con un poco más de libertad.

No se trata de convertirte en otra persona.

Se trata de dejar de vivir como si tu peor pensamiento sobre ti fuera la verdad completa.

Comentarios

Entradas populares de este blog

¿Qué es la tolerancia a la frustración?

La técnica RAIN: una herramienta de mindfulness para la gestión emocional

Parálisis del análisis: cuando pensar demasiado nos impide avanzar