Respirar y tomar té con lo que llega
Hay una forma muy habitual de acercarse a la práctica de la atención plena: usarla para sentirse mejor . Y no es extraño. Cuando uno se sienta unos minutos, presta atención a la respiración y deja de correr detrás de los pensamientos, suele aparecer un cierto alivio. El cuerpo se aquieta, la mente se ordena un poco y algo en nosotros descansa. Naturalmente, queremos repetirlo. El problema empieza cuando convertimos ese efecto en el objetivo. Entonces la práctica deja de ser un espacio de observación y se convierte en una herramienta para fabricar estados agradables. Y, paradójicamente, es justo ahí cuando aparece la frustración: la respiración no calma, la mente se agita, el cuerpo se inquieta y sentimos que “no estamos meditando bien”. Pero la respiración no está para tranquilizarnos. Está para mostrarnos cómo estamos. Sentarse a respirar no consiste en controlar ni en forzar nada. Consiste en notar el tacto de la ropa, el peso sobre el asiento, la temperatura del cuerpo… y dejar que ...